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11 jul 2013

Claroscuro

Te vistes de azul para opacar el cielo.

Pero a estas fechas del calendario es negro, para igualar a las sombras. Esas de las que te alimentas de vez en cuando. A las que vomitas en otras ocasiones. Y que hoy son el refugio perfecto para la ira que albergas contra el mundo entero.

Al final decides colgártela como lápida, castigándote por los pensamientos que no siempre salen de tu boca, intentando proteger a aquellos a quienes les importa si vives o mueres...

Al final es sólo una parte. El mounstro. El que se guarda todos los días y se agazapa de un salto a la realidad cuando las sombras así lo requieren. Las sombras. Los reflectores. Lo que sea que la luz no pueda albergar.

2 jul 2013

A tu corazón:

"Tus recuerdos entre el azul de mis sábanas, muy a mi pesar, escurren al piso arrastrados por la corriente de mis lágrimas que caen al escuchar tu adiós.

Tus ojos, con una gota asomando, miran al horizonte
como perdido, como tratando de convencerte,
a eso que vive dentro de ti y te dice qué hacer, que correr es lo mejor.

A lo lejos escucho el grito ahogado de mi alma pidiendo que te quedes.
Exigiendo alargar las horas de tus abrazos, tus besos, tus risas.
Pero no es suficiente y mi alma mira tu sombra alejarse de mi; convenciéndote de que es lo mejor.
Te miro desaparecer en el horizonte mientras vuelvo a maldecir mi lengua mordaz. La misma que intentó desde un principio endulzarte el corazón. La misma que pensó que podría repararte y hacerte olvidar el dolor innecesario.
Igual que mi corazón, que intentó llenarte de nuevos recuerdos para que atesoraras, y adornaran el tuyo.

Ahora que ya no distingo tu silueta en el horizonte te ofrezco la disculpa que no me permitiste entregar. La completa. La del corazón. Con la que te digo todos los hubieras que comenzaban a asomarse para ti.
Con la que me rompo la cabeza y el alma al saberme derrotada por mi propia mano. Por no haber podido anteponer tu cariño a mi gran yo".


Él levantó la mirada del papel al oír un fuerte estruendo.
El disparo se escuchó arriba. La llamó a gritos. Corrió a su recamara. No la encontró. Llegó a zancadas al baño. El olor de la pólvora se desvanecía poco a poco en el ambiente.
En la tina comenzaba a encharcarse la sangre que escurría de su boca y su nuca. Con la pistola aún en su pecho, sus brazos caían inertes en su cuerpo que comenzaba a enfriarse rápidamente; como si la vida se le hubiera ido antes de detonar el arma.



6 abr 2013

Veda


El rayo de tu sonrisa iluminó las sombras donde me encontraba. Me ayudó a abrir los ojos y comenzar a caminar contagiada de tu sonrisa.

Pero ese rayo duró lo que tardé en dar dos pasos hacia ti y como ráfaga de viento desapareció tu luz que comenzaba a marcar una dirección distinta.

Tu sonrisa era bella, tu mundo apetecible. Mi mente acorde y tu vida el perfecto misterio. Aún así te fuiste.
¿Será que las alas que busco todavía no crecen en ti? ¿Será que las miradas de ojos con diferente color aún no llegan al mundo donde habito? ¿Será que los cuentos se quedarán en historias ficcionadas nacidas del viento empujando hojas secas, marchitas, caídas y revueltas con tierra y basura, permanecerán para siempre vedadas?

Continúo en las sombras, donde el frío comienza a dar calor junto a las rocas, antiguas y mudas, que empiezan a cobijarme con sus sensaciones ajenas como principal compañero de viaje en esta cueva en donde a kilómetros la ausencia de un nuevo rayo se hace presente, aplastante.

11 mar 2013

Pertenencias


Pelirroja. Latex negro ceñido a su piel. Labios rojo carmín intenso. Sus botas hacen ruido al caminar. Se adentra en el lugar abriéndose paso entre los que llegaron antes sin importarle quien esté.
Diana la siente llegar desde el otro lado del bar. Recorre su espalda un escalofrío que sólo Tania puede provocarle. Cae de su mano la botana que sostiene al recordar esos dientes clavándose en su piel al punto de romperla; los latigazos que le han dejado impresos en la espalda esas manos tan suaves que no pensarías que tienen tanta fuerza.
Tania se acerca y desde el otro salón le habla:
-¡Diana! Ya te vi.
Con esa mirada amenazante le grita:
-Te voy a coger. Lo sabes, Diana. ¡Te voy a coger!
De su mirada brota miedo. Torpemente sacude los restos de botana que su playera de tirantes negra y rota tiene. No le gusta verla sucia. Deja la cerveza que ese chico que la miraba desde hace rato le invitó, a punto de caerse de la mesa y corre al lado de su ama, obediente.
Tania la toma dulcemente por las mejillas. Le besa la frente y le acomoda la desgarrada camisa de franela color mostaza que apenas cubre sus hombros, esa tela que cae a sus costados y con la juega mientras camina dando saltos por el bar como la niña de 8 años que piensa que aun es.
Adora cuando la besa porque siente sus tersas manos y sus caricias y es ahí cuando sabe que la ama.
Detrás, un chico rapado, pantalones de cuero y chaleco a juego mira a Tania. Se moja los labios y ella camina hacia él olvidando a Diana quien sostiene su mano aún en su mejilla hasta que Tania se aleja.
Los dos se pierden en el fondo del bar mientras caminan enredados por sus lenguas en ese beso húmedo y salvaje que le saca una lágrima a Diana al ser testigo.
Se sienta en el escalón donde la dejó, una vez más. Sus prominentes pechos se asoman en el escote que se hace más evidente al poner sus manos en la frente ocultando más de una lágrima. Sus carnosos labios se humedecen de a poco y su inocente sonrisa se desdibuja de sus labios. Su camisa de franela color mostaza se ensucia con las pisadas de quienes sin verla suben las escaleras al baño, a los cuartos, a la bodega.
En el bar la conocen bien. La pequeña que quedó huérfana después del incendio en su casa. Sin familiares ni ayuda, su vecina unos años mayor la acogió en su casa. Se amaban. Pero de una forma en que la sociedad jamás entendería.
Diana jamás se recuperó del incendio. Pero volcó en Tania todo lo que sentía: miedo, amor, inseguridad, cariño.
La primera vez Tania fue dulce. Al cumplir los 16 la lluvia era intensa. Diana se escabulló fuera de la casa. Le urgía sentir esas enormes gotas en su piel. Al mirar a la ventana Tania salió a buscarla y la arrastró dentro. Forcejeando entre el agua y los muebles ambas cayeron al piso. Sus labios se rozaron. Diana se quedó paralizada. Tania la miró con esos ojos que desde hacía unos años le reservaba a la ya crecida niña. La besó, lento. Diana respondió y el beso se alargó. Sus respiraciones se agitaban cada vez más. Tania comenzó a besarle el cuello y a quitarle la mojada blusa que comenzaba a estorbar el camino de sus manos. Sus labios bajaron a sus pechos, Diana se contorsionaba ante las sensaciones. El top que aun la cubría quedó de lado y al sentir la húmeda lengua recorriendo sus pezones Diana soltó un leve gemido. Tania abrió el cierre de su pantalón y con un dedo comenzó a jugar con sus labios hasta que comenzó a penetrarla mientras continuaba besándola apretando los ojos como si estuviera profanando un tesoro sagrado. Después de un rato Diana se sumió en una sensación desconocida para ella. Soltó un grito ahogado y la abrazó. Tania se tendió junto de ella y ambas se quedaron dormidas.
Las siguientes veces Tania fue más dura con ella. Comenzó a gritarle, a morderla, a amarrarla, a marcarla. El dolor era claro para Diana pero la amaba. Y ahí permaneció.

Un chico la ayuda a levantarse. Se seca las lágrimas que se empeña en esconder. La jala a una esquina y platica con ella. Diana no confía en los hombres. Tania llevaba a muchos a la casa. Todos terminaban haciéndola llorar, llevándose el dinero, la tele, el dvd. – ¡Son unos cerdos!, le oía decir.
Ahora sin chaleco el rapado regresa al bar subiéndose el cierre del pantalón. Detrás y acomodándose el cabello y la blusa, Tania mira entre la gente. El rojo intenso de sus labios ahora es una sombra alrededor de ellos. Pasa su dedo alrededor, como limpiándose. Toma una cerveza de alguna mesa, da un sorbo y la deja de nuevo.
Localiza a Diana. Ella siente su mirada a lo lejos. Mira al joven que le habla animoso, ella no lo escucha; sólo lo mira. Cuando se sabe descubierta deja la cerveza en la barra y corre al escalón donde debió permanecer. Llega y se deja caer al momento en que Tania la levanta del collar de cuero.
Con una lágrima iniciando su camino hacia afuera y una ligera sonrisa asomándose en sus labios, Diana es arrastrada por el cuello desde el fondo del bar hacia la salida hasta perderse en la sombra de la noche.

2 may 2012

MOONLIGTH


Después de ésta, la luna en Coatepec se escondió y no volvió a salir ...

Ella lo mira desde arriba. Lo sigue mientras sube las escaleras, lo alumbra mientras mete la llave en la cerradura de su cueva y lo mira entrar. Espera que dirija su mirada a lo alto del cielo para contemplarla, pero como en los últimos días después de la estresante jornada laboral él sólo quiere descansar. Tras él cierra la puerta y ella permanece afuera.

Por la ventana, entre las cortinas logra observar cómo prende el estéreo. El álbum blanco de los Beatles suena en las bocinas mientras él saca de debajo de su cama una caja de zapatos y forja un cigarro con un poco de marihuana que logra juntar en el recipiente que alguna vez estuvo casi lleno.

Enciende el imperfecto cigarro, se tiende en la cama y mira el humo dispersarse encima de él luego de formar las figuras de sus pensamientos, como ilustrándolos, cual si se trataran de historietas.

Ha olvidado cerrar bien la puerta y ella mira curiosa la construcción de sus pensamientos que gracias a la hierba se han vuelto gráficos, tecnicolores, como aquella película del grupo que aún suena en las bocinas, en donde todos viven dentro de un submarino amarillo.

Después de un rato de reconstruir con piezas de humo el transcurso del día, con el recuerdo del micrófono en la mano y la pregunta en los labios, sus párpados pesados se cierran.

La luna lo observa enternecida adivinando la fuerza de su mirada a través de sus párpados cerrados recordando la rudeza de esos luceros nocturnos. Completa el cuadro con su perfil, sus marcados pómulos y esos labios de donde tantas veces salió aquella melodía sólo para ella. Su misterio transformado en algunos acordes de guitarra que sus dedos reproducían para ella. La luna guarda su misterio para la próxima noche mientras él se sume en el descanso, donde, secretamente, sueña con esa luna que todavía lo mira dormir.

26 may 2011

tu piel de noche



Tu cuello me revelas moviendo de lado tu cabello.
Dulce tentación.
Tus dientes me presentas con una sonrisa impetuosa.
Delicioso éxito.
Me acerco. Tomo tu mano. Te llevo conmigo.
Caminas. Me miras. Miro de reojo tu escote.
La gente mira, los vestidos victorianos no dejan de moverse al compás de la música.
Atravesamos a los caballeros fumando puros mientras me río de sus chisteras.
De mi mano sales de aquel baile de violines y nobiliarios mezclados.
La banca del jardín de laberintas arboledas es helada como mi piel que ahora roza el motivo de este encuentro.
Mi mano se desliza por tu cuello y tu pecho removiendo el listón de tu corset, que cede ante el volumen de tus senos. Tu respiración se agita. Beso tu boca. Mis manos juegan con tu cuerpo. Tus ojos se cierran.
Me deshago de los metros de tela que conforman tu vestido favorito mientras dejo al descubierto tu blanca piel. Casi transparente. Logro ver los canales que te irradian de sangre.
Mi boca tiembla. Me besas para calmarla. Intentas apartar mi falda y tomo tu mano. Beso tu pulgar… tu palma… tu brazo… de nuevo tu cuello… tus pechos… palpitantes…tus venas gritándome…tu sangre recorriéndote… muerdo tus pezones y aparto mi cara para contemplar la escena de tu piel desnuda y blanca…casi transparente…tendida en la banca de mármol…esperando mis manos… mi boca… mis dientes se clavan en las venas de tus pechos hasta derramar tu sangre por mis labios. Me alimento de ti… sacio mi sed con la duquesita traviesa mientras su vida se extingue entre mi aliento.
Antes de la última gota de tu sangre en tu cuerpo me detengo y cierro tus ojos con expresión de asombro. Ahora pareces dormida. Pálida. Desnuda…